En 1945, un musicólogo italiano encontró cuatro compases de una partitura para contrabajo, la partitura de una sonata, en los restos de la biblioteca de música de Dresden, arrasada con bombas incendiarias. Creyó que esas notas eran obra del compositor veneciado del S.XVII Tomaso Albinoni, y dedicó los siguientes doce años a componer una pieza más larga a partir de aquel fragmento manuscrito y abrasado. La composición resultante, conocida como el Adagio de Albinoni, apenas guarda parecido con la mayor parte de la obra del compositor y muchos eruditos la consideran fraudulenta. No obstante, incluso aquellos que dudan de su autenticidad carecen de argumentos para rebatir su belleza.
Casi medio siglo después, es esta contradicción lo que atrae al violonchelista. Que algo pudiera haber estado a punto de dejar de existir en el paisaje de una ciudad en ruinas y que después fuese reconstruido en otro algo nuevo y valioso le insufla esperanza. Una esperanza que, ahora, es una de las pocas cosas que les quedan a los ciudadanos de un Sarajevo sitiado, cosas que, para muchos de ellos, disminuyen con cada día que pasa.
El violonchelista de Sarajevo, de Steven Galloway.
¿Qué pasa cuando una lectura escogida muy al azar te engancha en el primer párrafo y te redescubre una pieza de música clásica que no escuchabas desde los dieciséis? De repente viajo a aquella clase de Hª de la Música y me veo a mí misma desde mi yo actual, perdida entre cientos de tests que se supone que me van a decir qué carrera es la que mejor me viene, mientras ese Adagio suena de fondo, mientras todos mis compañeros bostezan y cuchichean en voz baja unos con otros. Y tras diez minutos intensos vuelvo al presente. Y me vuelvo a ver reflejada, esta vez en el espejo de mi armario. Y aquí estoy, haciendo lo que quería hacer a los dieciséis. Y la esperanza vuelve a mí; porque quizás dentro de siete años me vuelva a encontrar con este Adagio por casualidad y vuelva a viajar para verme donde estoy hoy... desde el lugar en donde quiero estar ahora.