
Ayer inauguré la primavera por mi cuenta, antes de que llegase. Hacía mucho tiempo que no iba al Retiro sola. Y mientras paseaba mirando a la gente que creía ver, me di cuenta de que hay más cuerpos solitarios por el mundo de los que nunca me había parado a reconocer. Quizás ahora los reconozca porque me siento en mayor o menor medida igual que ellos. No sé. El caso es que en medio de tanta soledad acompañada, me dio por pensar un poco en mí. En quién soy y de qué estoy hecha. Y se me ocurrieron muchas cosas:
A ciencia cierta soy una chica con aires disfrazados de mujer y con vientos vestidos de niña, a medio camino entre la madurez de la una y la inocencia de la otra. Y soy un beso y un abrazo de cada persona que ha pasado por mi vida, divididos entre los holas del primer momento y los últimos adioses enmascarados de hasta prontos de ocasión y nula esperanza. Seguramente también soy el recuerdo de alguien que un día me quiso y luego se cansó, y el de alguien que un día me quiso y luego se obligó a dejar de hacerlo, y la tristeza de cada uno de mis amores frustrados, y la alegría que todos ellos me dieron antes de estropearse.
Puede que también sea el sonido de esa guitarra que un día se rompió y nunca fue repuesta, un poco de esa melodía que se quedó a medias como consecuencia de ello y algo de ese cajón que guarda dramas y aventuras pasadas que siguen presentes esperando a convertirse en partitura.
También tengo un poco del llanto, la risa y la nostalgia de esos escenarios en los que un día me subí a fingir ser alguien que no era yo, y de ese maquillaje que me revestía entonces y del que creo que aún quedan restos. Soy el rastro de cada sombra que se desvaneció con el paso de las horas en cada parque que visité. Y el resto de la lluvia que guardo en mis ojos, que crecieron en Asturias y nunca se cansaron de ver colores verdes y azules mojados. Y, cómo no, soy parte de la incomprensión de todos aquellos que me llaman llorica sin entender el trasfondo real de los ojos que les miran.
Sé que también puedo enfadarme y ser bulliciosa y fría, como esta ciudad que me ofreció la libertad a los dieciocho y no ha parado de regalarme desde entonces rincones e ilusiones, aunque sea entre calles que huelen a soledad y nostalgia. Sé que también puedo conseguir que muchos me crean tan tranquila como esa ciudad gallega que hace poco se llevó una parte de mi vida, aunque en realidad esté tan nerviosa como el primer día que pisé Barcelona.
En realidad, desde ayer sé que puedo ser muchas cosas y estar hecha de otras tantas. Pero lo único cierto es que a marzo de 2011, sólo soy una parte de todo esto que un día fui. Una parte de todo aquello que mañana seré. Un todo que, aunque a veces parezca inestable, vive, al igual que la materia que todos somos, en constante transformación.