Como en una canción de Quique

Hace casi dos años una luz se encendió en el umbral de una ciudad. Un avión estaba a punto de aterrizar en la pista de unos labios nerviosos y rojos de pasión. Entre esperas y nervios, el primer impacto se hizo por fin encuentro y desde entonces, aquel encuentro se hizo eterno. Los labios de ambos comenzaron a crear un universo propio, desde el centro de aquel aeropuerto que dejó de existir por momentos.

Aún recuerdo los crujidos de aquel reloj desesperado que contaba las horas que faltaban para volver a verle, para poder pedirle permiso para aterrizar, para pedirle altura y velocidad a partes iguales. Aquel día le prometí que si se quedaba conmigo volvería a reírse de veras, que no todo estaba perdido y, con un beso, se reajustaron los relojes y comenzó la nueva cuenta atrás. 

 Desde que aquella luz se encendiese entre calles de Madrid, he formado parte de esta historia. Desde entonces sé que cada día puede ser un gran día, me acuesto cada noche durmiendo en z y me despierto en la ciudad del viento donde cada calle lleva su nombre.

Me agarraste por dentro, fuerte y, por suerte, no me volviste a soltar. Solías decirme susurrando, "hey, nadie podrá con nosotros" y en aquel momento te convertiste en mi cable a tierra que impide que me deje caer. Gracias por inventar mareas conmigo, por tripular barcos a mi lado y por encender cada día con besos el mar de mis labios.

Ayer te vi soplar una vela mientras la orquesta tocaba Moon River. Nunca me había sentido tan protagonista de una canción de Quique, aunque la situación no fuese la misma de aquella canción -por suerte. Y tu sonrisa nunca había sido tan clara. Lo prometido es deuda: volviste a reír de veras. 



Y ahora todo lo demás no importa...
Simplemente, te quiero.



Aviones de papel

Si mueres tú primero, iré después.

Así fue... Así se fueron, como dos amantes de Teruel. Y a los que quedamos, nos toca guardar con cariño todas las maletas de recuerdos y momentos que hemos tenido el gusto de pasar con ellos. Tendremos tiempo y motivos suficientes para echarles de menos el resto de nuestros vuelos, no cabe duda, pero pensando siempre que ellos, ahora, ya están tranquilos. Y que vuelven a volar juntos.



Te echaré de menos, viejito, pero siempre seguirás conmigo. En cada ramita de romero que me encuentre por el camino...

Once segundos

"Si alguna vez al abrir la puerta de tu casa me encuentras allí, de cuclillas, ciérrala y no la vuelvas a abrir nunca más. Será la única forma de que, algún día, me canse de esperarte". Recordó esas últimas palabras, esos últimos momentos vividos en la oscuridad de una habitación que olía a fuego y a medianoche. Como pudo, comprimió los años en un suspiro. Intentó explicarse a sí mismo lo que nunca había llegado a entender. Intentó entender de alguna manera lo que nunca había probado a explicar. Al abrir la puerta, allí estaba ella de cuclillas. Once segundos, como si de once años se tratasen, le fueron suficientes para tomar una decisión que, en realidad, no creía acertada. Tiempo después murió en su casa. Solo. Encerrado. Y todo por no querer abrir la puerta.

Silvia

Back off

Sentada al borde de mí, cansada y aburrida de esperar, salté. Y en un momento, conseguí olvidarme de ti. Flotando sobre el tiempo, vi pasar como en una película sin acabar, los días que se fueron y que no volverán más. Y ahora quiero volver a ese lugar donde ya nada se esconde, donde veo el tiempo pasar, sentada al borde de ti.

Sentada al borde de mí - Nosoträsh

Más de un lustro sin acordarme de Nosoträsh, y de repente, sin esperarlo, me encuentro en mi bandeja de Spotify una canción que me envía Isaac, mi amante guisante. Y de pronto me hace volver a Popemas. Y eso supone regresar a todo lo que vivía cuando las descubrí, allá por 2004. Y a David. Últimamente me paso demasiado tiempo recordando muchos viejos momentos que me encantaría recuperar. Paseos a pie de río, charlas en el parque, veladas nocturnas de radio compartidas. Debería volver al presente, al corto plazo, a mi montaña de piedras. Debería hacer tantas cosas... Y sin embargo, ahora mismo, sólo puedo pensar en que dentro de siete días, recuperaré un poco de todas esas cosas. Y en que lo necesito mucho. Muchísimo.

Cuando todo acaba

Muchos creen que lo peor de las preguntas que te haces cuando algo termina, es esa incertidumbre que te mata, esas ansias por saber qué hará ella o él, con quién compartirá una cena, una copa o a quién le regalará las sonrisas y abrazos que una vez fueron tuyos. Y en realidad, pocos somos los que realmente nos damos cuenta de que lo peor, sin duda, es precisamente conocer cada una de las respuestas. Si alguien sobrevive alguna vez a eso... podrá con todo lo demás.

Cuerpo, materia y transformaciones. O algo de lo que fui y de lo que soy.

Ayer inauguré la primavera por mi cuenta, antes de que llegase. Hacía mucho tiempo que no iba al Retiro sola. Y mientras paseaba mirando a la gente que creía ver, me di cuenta de que hay más cuerpos solitarios por el mundo de los que nunca me había parado a reconocer. Quizás ahora los reconozca porque me siento en mayor o menor medida igual que ellos. No sé. El caso es que en medio de tanta soledad acompañada, me dio por pensar un poco en mí. En quién soy y de qué estoy hecha. Y se me ocurrieron muchas cosas:

A ciencia cierta soy una chica con aires disfrazados de mujer y con vientos vestidos de niña, a medio camino entre la madurez de la una y la inocencia de la otra. Y soy un beso y un abrazo de cada persona que ha pasado por mi vida, divididos entre los holas del primer momento y los últimos adioses enmascarados de hasta prontos de ocasión y nula esperanza. Seguramente también soy el recuerdo de alguien que un día me quiso y luego se cansó, y el de alguien que un día me quiso y luego se obligó a dejar de hacerlo, y la tristeza de cada uno de mis amores frustrados, y la alegría que todos ellos me dieron antes de estropearse.

Puede que también sea el sonido de esa guitarra que un día se rompió y nunca fue repuesta, un poco de esa melodía que se quedó a medias como consecuencia de ello y algo de ese cajón que guarda dramas y aventuras pasadas que siguen presentes esperando a convertirse en partitura.

También tengo un poco del llanto, la risa y la nostalgia de esos escenarios en los que un día me subí a fingir ser alguien que no era yo, y de ese maquillaje que me revestía entonces y del que creo que aún quedan restos. Soy el rastro de cada sombra que se desvaneció con el paso de las horas en cada parque que visité. Y el resto de la lluvia que guardo en mis ojos, que crecieron en Asturias y nunca se cansaron de ver colores verdes y azules mojados. Y, cómo no, soy parte de la incomprensión de todos aquellos que me llaman llorica sin entender el trasfondo real de los ojos que les miran.

Sé que también puedo enfadarme y ser bulliciosa y fría, como esta ciudad que me ofreció la libertad a los dieciocho y no ha parado de regalarme desde entonces rincones e ilusiones, aunque sea entre calles que huelen a soledad y nostalgia. Sé que también puedo conseguir que muchos me crean tan tranquila como esa ciudad gallega que hace poco se llevó una parte de mi vida, aunque en realidad esté tan nerviosa como el primer día que pisé Barcelona.

En realidad, desde ayer sé que puedo ser muchas cosas y estar hecha de otras tantas. Pero lo único cierto es que a marzo de 2011, sólo soy una parte de todo esto que un día fui. Una parte de todo aquello que mañana seré. Un todo que, aunque a veces parezca inestable, vive, al igual que la materia que todos somos, en constante transformación.

Treinta canciones y una historia

Estaba allí por casualidad y mis amigos querían sacar una foto. El bar estaba lleno de gente, pero alguien le eligió a él para pedirle el favor. Y así me lo encontré, en mi lugar favorito. Pero no, ni era un bar de La Latina, ni había alguien llorando en el lavabo. Disparó un par de veces y nos presentamos. Sonó una canción de The Killers y le perdí de vista. Le volví a encontrar con Los Piratas. Bailamos con Los Beatles y la noche terminó con Frank Sinatra, pero él para entonces ya se había ido.

Y al día siguiente le volví a ver. Y le volví a perder de vista. Y más tarde me rescató y me llevó de nuevo a ese bar. Y hablamos. Hablamos mucho. Le conocí viendo trenes pasar, trenes que nunca regresaban -y que nunca regresarán-. Me ofreció un trago a corto plazo y seguimos hablando. Mucho. Hasta que nos encontró la mañana.

Y recuerdo que me invitó a cenar. Y que vimos las estrellas. Y me dio todos los abrazos que tanto necesitaba y otros cuantos de regalo. Y me hizo entender, -aunque Luis ya me lo cantaba-, que a veces hay malas rachas, pero las cosas por la mañana cambian de color; que decir “mañana” es una eternidad y que si la vida llama hay que dejarla entrar. Y ahora cualquier entrante debería dar igual, siempre y cuando de postre tengamos el mundo entero y podamos caminar sonriendo entre la gente, recordando que el mundo nunca se para y el tiempo no regresa.

A veces cuando me hablan de destino cambio de conversación, pero definitivamente el nuestro era encontrarnos en nuestro Smoking Point, porque a veces, la vida mata y te encuentras sólo, pero igual que eso sucede, sucede también que, sin saber cómo ni cuándo, algo te rescata del naufragio. Unas veces es algo tan simple como ver las estrellas, que en Madrid nunca pueden saludar. Otras, puede ser una caricia, un beso o un abrazo que te haga desear parar el tiempo. Otras, que la Luna te mire y te sonría. Eso fue. Una mirada. Una sonrisa.

Yo siempre he tratado de ser justa con quien me tiende miradas -y sonrisas-. Y las suyas me dieron todo durante cuatro días de Navidad. Y meses después me hizo recordar, además, que la vida -o vivir- es una tarde con olor a sal. Y me hizo sirena, después de hacerme sentir ninfa de miel. Y me llevó al mar. Y cuando tuve que regresar a mi verdadero mar, a éste de asfalto y luces asimétricas, una parte de mí lloró porque quería quedarse anclada en la estación.

A veces me hago preguntas. Y hoy me pregunto qué le diría cuando me explica que vive con el tiempo justo y, ¿sabéis qué? Que puede que no lo sepa, pero tiene todo el tiempo del mundo y, como Miguelito, el mundo por delante. Y puede... es más, TIENE que comérselo aliñado. Que sí, que puede que no siempre los planes salgan como uno sueña, que todos sabemos que hay días con espinas, que a veces la ciudad parece un mundo y que puede doler vivir, pero también es necesario recordar que la realidad termina donde acaban nuestros sueños y que él no ha nacido para perder.

Tenía que elegir una canción para hoy. Ojalá supiera cantar su canción favorita. ¿Pero para qué? Prefiero elegir treinta, robarlas y hacerlas historia. Y seguiré robando canciones para él por mucho tiempo. Y seguiré siendo la que vive en un "bosque" lejano. La que busca el mar aquí en Madrid. Y tantas, tantas cosas seguirán pasando... que aunque se pare un reloj, otro seguirá funcionando y yo seguiré, espero que por mucho tiempo, haciendo inventario.

Has de saber que, como no hace mucho le dije a Ana, es tan corta la vida y yo me alegro tanto de que las nuestras se cruzasen, que no podía desearte simplemente feliz cumpleaños, así que aquí tienes treinta canciones y una historia, que es mi más sincera felicitación. Muchísimas felicidades, K.O. Boy.




P.D: Sé que he tardado demasiado en escribirte todo esto, pero las horas duran poco y a mi cabeza le dolía a veces Mi canción definitiva...

Dust and wind

Nothing last forever, but the earth and sky it sleeps away. And all your money won't another minute buy...



Nunca te gustaron los viajes y, sin embargo, el de hoy ya hacía mucho tiempo que tenías ganas de emprenderlo. Pero nadie te dejaba hasta que el tiempo cediese su máximo. Y esperaste paciente. Y nos regalaste los últimos besos, los últimos abrazos, los últimos consejos y las últimas sonrisas de la mejor manera que pudiste. Y así, llegó el momento de ser feliz. A mí sólo me queda desearte buen viaje y decirte que yo seguiré aquí, aprendiendo a no tenerte, intentando cumplir la última promesa que te hice. Haré lo imposible, puedes estar segura.

Ella

21 años. Son los años que llevo conociéndola; los años que llevo disfrutando con ella, de ella; los años que lleva haciéndome reir, muy pocas llorar; son los años que lleva aguantando, pacientemente, todas mis locuras y teorías; ¡son los años que me ha llevado convencerla de que el rock mola! y son los años que nos quedan por delante... y más. Es una vida entera.
Desde los tres años hemos vivido separadas seis meses en 1992, de febrero a julio. Es curioso, porque no recuerdo cómo nos despedimos, pero sí recuerdo cómo nos reencontramos. Creo que los malos momentos que he pasado con ella los cuento con los dedos de las manos. Y no porque no los haya habido, que los hubo y los habrá, sino porque tiene esa virtud de darme mil recuerdos buenos más que prefiero recordar. Ahora llevamos casi veinte años juntas del tirón. Qué vieja me hace escribir todo esto, sin ser yo nada de eso. El caso es que no nos vemos todos los días, ni siquiera hablamos todos los días, incluso hay veces que estamos semanas sin saber la una de la otra porque somos un desastre, pero ella sigue ahí, yo sigo ahí, las dos seguimos igual de conectadas. Cada vez más, de hecho. El caso es que es la persona que todo el mundo necesita tener cerca, porque sabe qué decirte cuando más lo necesitas. El caso es que hoy cumple 24 años y yo la felicito a estas horas, porque así soy yo, y así me aguanta ella. El caso es que la adoro, que no sé qué haría si no la tuviese a media hora, que no me imagino tenerla lejos algún día.
Y el caso es, que sólo te escribo estas líneas porque no podría condensar toda nuestra vida en un simple post. Y porque un FELICIDADES son solo once letras, cabe en cualquier parte, y tú ya sabes todo lo demás.



Te quiero, princesa.

Feliz Año

Hoy, al mismo tiempo, se termina un segundo, se termina un minuto, se termina una hora, se termina un día, se termina un año y se termina una década. Pero esto sólo sucede si hablamos de tiempo.

¿Cuántas cosas más se terminarán? ¿Y cuántas cosas comenzarán? ¿Cuántas de ellas serán para peor? ¿Cuántas para mejor? ¿Y cuántos esperamos un 2011 mejor? ¿Y cuántos lo habremos tenido cuando lleguemos a este día el año que viene? ¿Cuánto tiempo invertiremos a lo largo del año en hacernos este tipo de preguntas? ¿Cuánto tiempo perdemos en intentar contestarlas sin más? ¿Cuánto tiempo ahorraríamos si siguiesemos más nuestros propios impulsos? ¿Cuánto tiempo ganaríamos si, a veces, fuésemos menos racionales? ¿Cuánto tiempo de más tendríamos si no nos lamentásemos tanto? ¿Cuánto tiempo...?

Puede que no deba resumirlo todo en tiempo, pero si algo he aprendido a lo largo de 2010, más que nunca, es que no sólo hay que aprovechar el tiempo; también es necesario saber cómo hacerlo. Por lo que pueda pasar cuando dejes de hacer algo, de tener algo, de ver a alguien.

¡Y sonreir! Que una sonrisa quizás no pueda siempre arreglar las cosas, pero sí puede ayudar a sobrellevarlas. Nunca nadie me cree cuando digo esto pero... aún no sé por qué.

¡Muy Feliz Año a todos!




Do you hear my voice? Do you know my name? Light my way, lift my head. Light my way.