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El próximo carnaval

Se acerca la Semana Santa y empiezo a agonizar. De todas las vacaciones habidas y por haber, éstas son las únicas que me dan pereza. Os lo juro, no me gusta la Semana Santa ni un poco. Ni su ambiente. La gente se disfraza espiritualmente, es el carnaval moral. Todo el mundo saca del armario su amor más extremo por Dios medio apolillado, viste el alma de nazareno y sale a la calle a ver las procesiones, a alabar el gran trabajo que han hecho las diferentes cofradías, a fingir que, durante cuatro días, están con Dios. Si unimos estos cuatro días a Nochebuena y Navidad ya son seis. Y se sienten realmente bien, aunque los otros trescientos cincuenta y nueve días del año se acuesten con Satán a escondidas. Odio las procesiones con toda mi alma. No, no me parecen pasionales, ni preciosas, ni emotivas, ni cualquier otro adjetivo que implique un grado positivo. NO. Parecen marchas fúnebres, con músicas fúnebres, pasos fúnebres y caras fúnebres. Y huelen a incienso podrido, para colmo. Pero, por supuesto, son noticia. De repente, los informativos se llenan de imágenes, donde lo importante en realidad no son las procesiones en sí, sino los cientos de ¿fanáticos? que se dan latigazos en la espalda hasta sangrar. Lo morboso. Bueno, al menos esto no cambia. Lo más gracioso es que los hombres de los látigos aseguran que todo eso lo hacen para sentirse más cerca de Cristo. Pues dejadme deciros una cosa, sois unos maricas, porque los valientes de verdad, los que realmente sienten la Pasión, son los que se clavan a la cruz de verdad. ¿¡Estamos locos o qué!? “Es que mi fe es incalculable”. ¿Y tus neuronas? Esas sí son calculables, ¿verdad? Maldita fe. Se terminó la discusión. La fe es el jaque mate a los ataques de ateos, agnósticos o cualquier otro que se atreva a poner en entredicho sus actos. Cómo me jode a veces. Apaga la tele, papá, que lo que viene ahora es lo mismo de siempre. Las mismas putas películas todos los años, “Rey de reyes” entre ellas. Nunca falla, os reto a que lo comprobéis. Y por si no fuera poco toda esta cruz (nunca mejor dicho), desde hace cinco años tengo la misma discusión con mi madre: la discusión de la bendición del ramo.
-No voy a ir, mamá.
-Pues sí, tienes que ir porque a tu madrina le gusta que el ramo esté bendecido.
-Mamá, no voy a ir.
-Haz el favor de apagar eso ya, Silvia, no empecemos.
-Pues eso, no empecemos. Madrina no va a espiarme para saber si lo bendigo o no. No voy a ir, no me ruques más.
¿Por qué se bendice el ramo? Mejor dicho ¿Por qué vas a misa a hacer que bendices el ramo? Porque al menos todos los años que fui yo a hacerlo, el agua que el cura lanzaba ni siquiera rozaba los ramos de la octava parte de los allí presentes. ¿La bendición es otro acto de fe? ¿Una tradición? ¿El pase para que todo el mundo luzca sus modelitos primaverales? ¡A tomar por culo, hombre! Si es cuestión de fe, yo hace mucho que me bajé del tren. La realidad da unas hostias impresionantes que duelen mucho y la fe a mi no me las cura. A poco inteligente que seas te bajarás del tren tú solito, a no ser que prefieras que una de esas hostias te baje a la fuerza.



P.D: Y no quiero irme de Madrid, pero creo que no me vendrá mal respirar el aire de Asturias, ver a mi hermano, y a David.