Mickey Mouse celebra su cumpleaños. La factoría Disney lo creó hace hoy ochenta años, y como si le hubiesen congelado, el roedor no presenta ni una arruga ni una cana. Llegó a la gran pantalla en blanco y negro. Sustituía a un conejo de nombre Oswald, y se imponía a un caballo, un perro, un gato, una rana y una vaca. Disney le llamó Mortimer, pero gracias a su mujer cambió de nombre. Desde entonces, todo han sido éxitos.
Agencia Atlas.
Aún recuerdo como si fuera ayer mi primer viaje a Disneyland París. Tenía once años y una ilusión: sacarme una foto con ese ratón tan adorable. Obviamente no fue fácil. A varias amigas, sus respectivas madres, la mia propia y a mi nos llevó más de una hora y media de espera poder sacarnos una foto con él y, sea dicho de paso, conseguir su autógrafo, aunque por algún extraño motivo mi autógrafo y el de una de mis amigas no era igual.
Ahora, diez años después, todo parece una tontería (quizás lo sea) pero cuando llegué a mi casa de aquel viaje, lo único que le contaba a todo el mundo es que tenía el autógrafo del mismísimo Mickey Mouse. No me importaba el Louvre, ni la gran basílica del Sacre Coeur. Tampoco me importaba la catedral de Nôtre Dame (quizás, porque no me encontré al jorobado en ella) o la Tour Eiffel (¡mira, mamá! ¡casi no se distinguen las personas desde aquí!). Sólo me importaba Mickey. Bendita inocencia.
Pero ahora que cumple los ochenta recuerdo esa historia y algo de mi vuelve atrás, a los once años, a ser una niña, a ser inocente y a querer ver esa foto y ese autógrafo que, por supuesto, aún tengo guardado. Eso me parece precioso. Por eso Mickey es especial, porque emociona a tres generaciones enteras y emocionará a muchas más. Porque Mickey es el Humphrey Bogart de los dibujos animados, no morirá nunca.
Felicidades, Mickey!
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