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La Manzorga'l trasgu. Teatro vs. Cine

Hace más de tres años descubrí Noviembre, una película de Achero Mañas que me removió por dentro. Noviembre es una película en formato documental, que narra la historia de un grupo de teatro cuyo cabecilla pretendía crear un nuevo concepto del arte, y del teatro en particular. Y es que yo empecé a hacer teatro con seis años, pero realmente mi interés se disparó a los trece, con la Manzorga’l Trasgu. La Manzorga es una de las cosas más especiales que me han pasado y me pasarán en la vida, y como todo lo especial, llegó de improvisto. Y se fue un 8 de mayo de 2005 tal como llegó. Bueno, quizás no de forma tan improvista. Hace ya casi cuatro años. Uff. Demasiado tiempo. Mierda.
Vi Noviembre cuando no había pasado ni un año de la despedida y dije “quiero volver a tener esa sensación”. Pero aún no decidí salir a buscarla, aunque sé que me está esperando por ahí. Algún día montaré una compañía de teatro, sé que lo haré. Algún día tendré pasta para ello. Aunque el teatro caiga en España cada vez más en picado y se mantenga gracias a las actuaciones del “Cirque du soleil”. (Pero eso no es teatro, aunque lo metan en el mismo saco).
La gente iguala muchas cosas al teatro. Para mí, lo peor, es igualar el cine al teatro. Es algo que me ofende mucho. Hay grandes actores de una cosa y de otra. Y grandes actores de ambas. Quizás sea lógico incluso que las dos artes se comparen, ya que a fin de cuentas en ambas se emplea la interpretación, pero a mi me molesta enormemente. Joan Crosas* o Juan Carlos Tirado son teatro. Victor Ullate es teatro. Vicky Peña* es teatro. Teatro son los nominados y ganadores de los premios Max. Dos ejemplos de actores de ambas artes podrían ser Belén Rueda, Luisa Martín u Oscar Jaenada (vaya, he dicho tres). Pero Belén y Oscar son más de cine. Luisa es más de teatro. Son cosas diferentes. Por qué nadie lo ve?
En el cine todo es sencillo. Si sabes mentir, claro. Que no puedes llorar? No pasa nada, un poco de mentol lo arregla. O cebolla, si la crisis te come. Simplemente tienes que intentar interpretar un diálogo como si tú fueses ese personaje. Como la vida real.
El teatro no, el teatro es otro rollo. No es interpretar “como en la vida real”. En el teatro hay que tener en cuenta la posición del cuerpo, proyectar la voz, exagerar, dramatizar. La gente de la última fila no te va a ver llorar. Se la suda que lo hagas. Si lloras de verdad fliparán los de la primera fila como mucho, pero para que se enteren los de la última te las tienes que ingeniar con la voz para expresarlo. En el teatro te ilusiones, joder. Es una sensación que no se puede describir.
Viendo una película pueden ponérsete los pelos de punta por la intriga, por la emoción de la trama, la música, pero rara vez por la gran interpretación del actor. A mi me pasó pocas veces. Una de ellas fue con Belén Rueda en la escena final de Mar adentro. Se sale.
Pero en el teatro esa sensación sale siempre. Siempre habrá un actor que consiga emocionarte. Y no hablo de emoción lacrimal. Me da igual hablar de una obra dramática que de una comedia. Es el ambiente. Es lo personal de los actores. Es la magia de estar en un teatro. Es el escenario, los focos, la escenografía, las butacas, el telón. El telón, por Dios. Es como cuando lloras de alegría. Lo acabo de decir, es una sensación indescriptible.
Mi intención con este post era hablar de Noviembre, la película, pero se me fue la pinza cuando empecé a hilar.
El caso es que una vez que he dicho todo lo que he dicho, diré que en Noviembre se entiende perfectamente la diferencia entre cine y teatro, porque Mañas se las ingenió perfectamente para separar (bien) ambos mundos. Y ahora vedla y decidme. ¿Qué escena os puso más los pelos de punta? ¿Era cine o teatro? Por ahí van los tiros.



Joan Crosas y Vicky Peña juntos. Por Dios, que alguien me lleve a ver Sweeney Todd.