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Silvia y Memorias de África

No lo puede remediar. Cuando la vida la trata mal o sufre un bajón que pone sus defensas en estado de alerta, Silvia se tumba en el sofá con una buena provisión de kleenex y se proyecta para ella sola "Memorias de Africa". Da igual que la haya visto tropecientas veces, no le importa saber que la historia acaba mal, no le preocupa conocer el guión al dedillo hasta el punto de que muchas veces se adelanta a los personajes y recita los diálogos antes de que suenen en la pantalla.Y qué bien le sienta volver a llorar cuando entierran al aventurero que encarna Robert Redford, cuando despiden a la granjera Meryl Streep, cuando el león ocupa con orgullo desafiante la tumba que esconde un sueño de amor eterno. Pero no todo es sufrimiento. Silvia es incapaz de reprimir un leve temblor cuando la pareja de enamorados sube al avión y vuela, vuela, vuela entre nubes libres y se cogen de la mano y la música alcanza su apoteósis de lirismo y coraje, envolviendo dos espíritus libres condenados a encontrarse, condenados a separarse. Y sonríe cuando llega la escena en la que Redford lava el pelo a su amada. Una de las escenas más sensuales de la historia del cine, nadie hace el amor con tanta dulzura como esos dos amantes sin necesidad de unir sus cuerpos: la ternura y el deseo enjabonados con dedos que saben lo que hacen. Alguna que otra vez, Silvia se ha parado a pensar en su amor hacia esa película de amores truncados, aunque plenos mientras duran, y prefiere no concluir que las historias con esa conclusión desdichada ejercen una extraña atracción sobre ella. Porque... vaya por dios, su segunda película preferida es Doctor Zhivago: otra crónica de pobres amantes separados por las cirscunstancias, obligados a vagar por un mundo convulso donde sólo su amor inabarcable ponía una nota de sentido y armonía. Su alma se siente muy próxima al dolor infinito de quienes una vez tuvieron la suerte y la maldición de encontrar el amor de su vida. Para perderlo.
Tino Pertierra
Cuando una se encuentra con cosas como ésta (o ésta), no puede decir nada más, y no porque no quiera, sino porque se queda paralizada, con la vista fijada en esas palabras, mientras algunas hipótesis vagan por aquí y por allá. ¿Me conoce tanto realmente? ¿Tengo cámaras en mi casa? ¿A tanta gente le pasa exactamente lo mismo? Nada más. Bueno, sí: gracias, Tino. Una vez más.

Mensaje

El Teléfono móvil vibró sobre la mesita y su pantalla se puso colorada. Iván estiró la mano y lo cogió. A su lado, Teresa se removió un poco, dijo algo que no se entendía y regresó al sueño. ¿Quién podía mandarle un mensaje de madrugada? Publicidad, seguro. O Lucas en plena borrachera. Sin saber por qué lo hacía, se levantó y salió del dormitorio con el aparato en la mano. Se sintió fugitivo. Culpable también. La extrañeza de una intuición audaz.
Se sentó en el sofá del salón tras apartar el camisón que Teresa se había quitado en mitad de la película en un arrebato de pasión mientras veían "El cartero siempre llama dos veces". Claro, la escena de la cocina. Harina, manos, susurros y frotamientos sobre la mesa. Nunca la veían completa por la dichosa escena. A él le pasaba lo mismo con "Nueve semanas y media" y el striptease de Kim Basinger. La primera vez que la vio fue con Rosana en un cine que olía a ozonopino y deseos subterráneos.
Rosana firmaba el mensaje del móvil y él lo sabía aunque no lo supiera. "Te necesito". Lacónica y precisa. Cuando le dejó por otro, le dijo: "Me voy". Tajante y preciosa. Y ahora volvía y le revolvía. No era mujer de ruegos y juegos. Tal vez había roto con el tipo que se la llevó o tal vez pretendía jugar con dos barajas. Iván miró la puerta del dormitorio. Teresa también había dejado a alguien por irse con él. El amor móvil que inmoviliza sentimientos.
Iván escribió: "Dónde estás". Y dio la espalda al camisón que guardaba el calor de una ausencia.

Tino Pertierra

Tan real como la vida misma. Tan cotidiano que da miedo. Tan triste pero tan precioso en el fondo... Gracias a Tino Pertierra por escribir esto y tantas otras cosas geniales. Y gracias a mi hermano por descubrirme este mensaje en particular tiempo ha, en el momento indicado (aunque él no lo supiera). Te quiero, mosquetero.