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Cuando el amor duele

Lo miró entre lágrimas y creyó que a él le daba igual dejarla, que todo era muy sencillo en el mundo en que él vivía. A veces mantener la calma y evitar el llanto es sinónimo de desprecio. ¿Quién puede comprenderlo? Aún así él lloró entonces, -aunque nunca supo si por su desconfianza o por la situación-, y se explicó a su manera:

- No quiero necesitarte.
- ¡¿Por qué?! -le contestó ella.
- ¡Porque no puedo tenerte!

Y el silencio cortó las lágrimas de ambos.



P.D: ¿Os suena de algo?

Te quiero

¿Habéis pensado alguna vez lo tremendamente fácil que es escribir estas dos palabras? Te quiero. Ya está. Te quiero. Mira, otra vez. Dándole vueltas a esto me ha venido a la mente una teoría nueva. Con un margen de error del 0,5%, afirmo que cuanto más escribes te quiero, menos lo sientes en realidad. La típica proporcionalidad inversa. Y ahora que lo leo estoy segura de que ya se le ha ocurrido a alguien antes que a mí. Bueno, puede que no. Te quiero. ¡Se escribe solo!
¿Qué mueve a la gente a escribir te quiero? Quiero decir, puede que a veces sí lo sientas y necesites decirlo, pero si lo haces todos los días, el significado se resiente. Deja de tener sentido. Yo no entiendo eso de:
-Juanito, ya no me quieres.
-¡Por qué dices eso, Mari Pili, cariño!
-Pues porque ya no me lo dices.
Querida Mari Pili, si necesitas que tu novio, marido, amigos o familiares te digan que te quieren constantemente para que a ti te quede claro, algo falla. Míratelo.
A veces me entretengo ojeando los fotologs de los amigos quinceañeros de mi prima. Leer los comentarios me hace una gracia tremenda. Me consta que la mayoría de gente que comenta en los fotologs son simples conocidos, personas con las que puede que hayas cruzado treinta palabras en toda tu vida, pero sin embargo nos podemos encontrar cosas como: “¡Pepita, guapa! Soy la amiga de la hermana de la prima de la cuñada de tu vecina del sexto. Estás guapísima en la foto. ¡Un besín, bombón! ¡Te quiero mucho!”. Y os preguntaréis: ¿Es un caso real? Y yo os diré: no, no lo es, pero os aseguro que se aproxima bastante. Entonces pensaréis: ¿Por qué la amiga de la hermana de la prima de la cuñada de la vecina del sexto de Pepita le dice a ésta que la quiere? Y yo os responderé: Ni puta idea. Por inercia, supongo. Porque todos lo hacen. Porque a Pepita le va a hacer ilusión leer esas dos palabras y creer que es la más querida del mundo. Porque en realidad se cree que se lo dicen de verdad. Pero el significado de un te quiero se ha perdido. Decir te quiero hoy en día es como decir te veo luego. Quizás si no fuese tan sencillo de escribir, se usaría con más cabeza. Te quiero. Ni tres segundos. Si fuese “te esternocleidomastoideo mucho”, por ejemplo, daría más pereza, ¿verdad?
Quedan algunos románticos en el mundo que saben decirlo cuando lo sienten de verdad, en el momento adecuado. Tú eras uno de ellos, pero cogiste ese puto avión y no volviste más. Sur tes pas. Tu te quiero no fue un te veo luego. Y ahora espero. Espero. Sin salidas a la vista.



P.D: Todos mis progresos se están yendo a la mierda. Joder. ¡Dejad de atormentarme!

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Desde hace un par de meses mi vida no tiene nada que ver con la que había llevado durante 21 años. Yo creo que antes era más feliz y ya no entiendo nada. Creía que esto era lo que quería: amigos que se reconvierten en amantes, que me tratan bien en la nocturnidad de una cama y que fuera de ella vuelven a ser amigos. Ayer hablando con Ana y Jose descubrí que no era así, que esto nunca fue conmigo, que soy una mala versión de lo que algún día fui. Vale, quedas para tomar algo afrodisíaco, y después de un par de besos y un abrazo cínico, os vais a la cama. Pero es que al día siguiente te despiertas igual de sola que te acostaste. Con buena cara porque tienes un par de orgasmos más encima, pero nadie que te dé los buenos días con un beso en los labios, o, mejor dicho, nadie que te dé los buenos días con un beso sincero.
Llevo casi un año diciendo que no quiero nada serio, que tener pareja sólo da problemas, que con mis amigos tengo suficiente. Soy mi propio libro de autoayuda, -bastante buena, por cierto-. Llevo un año engañándome a mi misma. Haciéndome creer que no quiero conocer a nadie especial que me haga sentir cosas que no me permito sentir desde que él se fue. Que yo misma me valgo para darme todo lo que necesito, y que para el cariño tengo a David, Alberto, Eva, Ana y Arantxa. Y es cierto, yo misma me valgo para darme todo lo que necesito, no es que necesite que nadie lo haga, pero sí que quiero conocer a ese alguien. Quiero acostarme un sábado con él, después de ver una película o de una charla. Quiero levantarme con él un domingo y que me abrace de verdad. Quiero hablar con él durante horas. Y luego irme, o que se vaya, pero sabiendo que le voy a volver a ver pronto. Que está conmigo. Que no es un polvo y ya. Y quiero olvidar. Quiero olvidarme de él, que es el que me sigue nublando la vista, el que no me permite buscar a nadie más, el que sigue apareciendo en cada mano que me toca, en cada boca que me besa. El que me hace creer que quiero vivir a su sombra hasta que el destino nos vuelva a unir. Pero no quiero. No quiero... Quiero volver a ver, quiero volver a buscar, quiero poder encontrar, o, como poco, dejarme encontrar. Porque ese es el problema, que no quiero forzar nada, que quiero que surja poco a poco, charla a charla, beso a beso, pero sé que eso no va a ocurrir nunca si no dejo entrar a nadie. Si no le dejo salir a él primero, de una vez por todas...

P.D: ¿Recordáis el cumpleaños del que os hablé? Pues la cosa fue mejor de lo que me pensaba, pero me dio bastante por el culo escuchar cómo el Iglesias estropea a Cindy Lauper como le sale del forro...

Presente vs. Pretérito Imperfecto

Me gusta el olor del aire después de la tormenta, esa mezcla a suelo mojado, hierba y romero. Me gusta sentir la lluvia caer por mi cabeza, ver como esas gotas van resbalando por mis mejillas, por mi cuello y darme cuenta de cómo un conjunto de pequeñas gotas hacen que mi cabeza pese cada vez más. Me gusta la sensación que producen esas gotas al caer de mi pelo, bajando por mi espalda, por mi cuerpo en general. Ese cosquilleo es inigualable. Frío. Me gusta que el frío me invada cuando el viento sopla sobre esas gotas mientras otras siguen cayendo sin parar. Frescura. Me gusta la frescura de las gotas de lluvia, el sonido de las gotas de lluvia al caer sobre los árboles o sobre esas barandillas tan oscuras de ese colegio tan vacío. Me gustan las gotas de lluvia.



Me gustaba el olor de tu piel recién mojada, esa mezcla de felicidad, amor y pasión. Me gustaba sentir tus labios caer por mi cabeza, sentir cómo tus besos iban resbalando por mis mejillas, por mi cuello y darme cuenta de cómo un conjunto de pequeños besos me hacían enloquecer. Me gustaba la sensación que aquellos besos producían al caer por mi espalda, por mi cuerpo en general. Aquel cosquilleo era inigualable. Frío. Me gustaba cómo desaparecías el frío de mi cuerpo cuando era mi piel la que estaba recién mojada, mientras más besos caían sin parar. Frescura. Me gustaba la frescura de tus besos, el sonido de tus besos al posarse sobre mis labios o sobre mi frente cuando querías despertarme de forma dulce en la oscuridad de mi habitación, ahora más oscura sin ti. Me gustaban tus besos.


Lo conseguí. Hablo en Imperfecto. Ya solo quedan los buenos recuerdos.

El árbol de Navidad

El árbol era resplandeciente. Sus luces eran de un azul y un gris plata brillantes y daba luz y alegría a toda la plaza. Lo habían encendido el 10 de diciembre, pero Miriam fue a verlo un día antes de Nochebuena. A su alrededor, había decenas de perezosas parejas que también habían retrasado la visita al árbol. Estaban enamoradas y felices. Miriam los veía agarrándose las manos con ternura mientras quizás se susurraban al oído algún te quiero. O quizás no, quizás sólo estuviesen comentando lo bonito que era aquel árbol.
Pensó en Carlos. Hacía meses que lo habían dejado y al ver a todas esas parejas a su alrededor se imaginó con él otra vez, agarrados tiernamente de la mano mientras quizás se susurraban al oído algún te quiero. O quizás no, quizás sólo estuviesen abrazándose mientras comentaban lo bonito que era aquel árbol. El caso es que le entró nostalgia. Echó de menos sus besos, sus abrazos, las palabras que él siempre tenía para ella cuando estaba triste y necesitaba sonreír. Le echó de menos y quiso llorar. Pero no lo hizo.
Volvió a casa mientras veía ilusionada, todas las luces que ese año alumbraban su pueblo, y todos esos muñecos de nieve tan bonitos que los niños habían hecho y que hacía tanto tiempo que no adornaban esas calles. Cuando llegó a casa se puso frente a la chimenea. En su mano tenía un papel. Se lo había escrito él la última vez que le dijo que la quería, hacía ya siete meses. “No me olvides” –leyó. Lo arrojó al fuego y lo vio arder rápidamente. Sabía que al quemar ese papel, el deseo se cumpliría. No lo olvidaría nunca, pero conseguiría pasar página. “Feliz Navidad” –susurró, y se fue a dormir.
Había vivido navidades mejores, años mejores, pero nunca perdía la sonrisa. Y se acostó pensando que un año nuevo iba a llegar, y que, por qué no, podría ser uno de los mejores de su vida. Miriam nunca perdía la esperanza…

Silvia Borrajo

Nunca perdáis la esperanza. Es lo peor que podéis hacer. ¡Feliz Navidad y Próspero 2009!

Mensaje

El Teléfono móvil vibró sobre la mesita y su pantalla se puso colorada. Iván estiró la mano y lo cogió. A su lado, Teresa se removió un poco, dijo algo que no se entendía y regresó al sueño. ¿Quién podía mandarle un mensaje de madrugada? Publicidad, seguro. O Lucas en plena borrachera. Sin saber por qué lo hacía, se levantó y salió del dormitorio con el aparato en la mano. Se sintió fugitivo. Culpable también. La extrañeza de una intuición audaz.
Se sentó en el sofá del salón tras apartar el camisón que Teresa se había quitado en mitad de la película en un arrebato de pasión mientras veían "El cartero siempre llama dos veces". Claro, la escena de la cocina. Harina, manos, susurros y frotamientos sobre la mesa. Nunca la veían completa por la dichosa escena. A él le pasaba lo mismo con "Nueve semanas y media" y el striptease de Kim Basinger. La primera vez que la vio fue con Rosana en un cine que olía a ozonopino y deseos subterráneos.
Rosana firmaba el mensaje del móvil y él lo sabía aunque no lo supiera. "Te necesito". Lacónica y precisa. Cuando le dejó por otro, le dijo: "Me voy". Tajante y preciosa. Y ahora volvía y le revolvía. No era mujer de ruegos y juegos. Tal vez había roto con el tipo que se la llevó o tal vez pretendía jugar con dos barajas. Iván miró la puerta del dormitorio. Teresa también había dejado a alguien por irse con él. El amor móvil que inmoviliza sentimientos.
Iván escribió: "Dónde estás". Y dio la espalda al camisón que guardaba el calor de una ausencia.

Tino Pertierra

Tan real como la vida misma. Tan cotidiano que da miedo. Tan triste pero tan precioso en el fondo... Gracias a Tino Pertierra por escribir esto y tantas otras cosas geniales. Y gracias a mi hermano por descubrirme este mensaje en particular tiempo ha, en el momento indicado (aunque él no lo supiera). Te quiero, mosquetero.

De ensoñaciones románticas

"Y la encontraré de nuevo, pero con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella".

Los caminos de la música sí que son inescrutables. No se me ocurre ninguna cifra aproximada que me diga cuántas veces me paré en mi vida a analizar las canciones que escucho, y a esta en particular le tengo especial cariño. ¿Realmente puede ser posible encontrar a una misma persona con otra apariencia, otro nombre u otro cuerpo? A veces a esa vena romántica mía de la que hablé en mi primera entrada le da por pensar que esto puede ser posible. ¿Y si fuera así? ¿Y si fuera él?