Llevo casi veintidós años con ella y creo que no podría decir por qué actualmente acelero mi ritmo cuando la veo involucrada en determinadas situaciones. Quiero decir, cuando era pequeña la comprendía bien. Lo típico. Me cabreaba cuando veía que le estaban haciendo alguna injusticia. Por ejemplo, qué sé yo, siempre me irritó que Viviana (sí, con v) intentase salirse con la suya constantemente y no quisiera establecer unos turnos para jugar con aquel teléfono que tanto le gustaba. Me fastidiaba hasta tal punto que muchas veces me apetecía salir y pegarle dos ostias por impertinente. Afortunadamente -para Viviana, claro- nunca lo hice. Por otra parte me ponía superfeliz cuando llegaba la Navidad porque era su fiesta favorita. Se ilusionaba decorando el árbol, escribiendo la carta a los Reyes Magos, viendo las luces... Las luces le encantaban. Bueno, creo que le siguen encantando, pero como ya no la entiendo tan bien, no lo sé. La cuestión es esa, que poco a poco fue creciendo y mi trabajo se fue haciendo más difícil. Por ejemplo, de repente ya no me alteraba cuando vivía alguna situación injusta, cuando alguien se reía de ella o cuando se peleaba con su madre. Cuando creció me quitaron ese poder dos personajes que están por encima de mí en la cadena vertical. Siempre me cayeron mal, tienen una obsesión por el agua salada que me resulta muy extraña. Para suplir este robo de poder, en cambio, me ponía supertriste cuando algo así le ocurría y me excitaba mucho cuando se ponía nerviosa. Conforme pasaron los años cada vez era más normal en ella. La radio. El teatro. Los exámenes. Los chicos. Todo le causaba nerviosismo. Sobre estos últimos podría contar algunas historias, pero no lo haré porque por el momento ninguna termina bien. Hace poco por culpa de uno me rompí una arteria. Me dolió tanto que llegué a odiarle. Exploté y dije: me pongo en huelga, al cuerno. Estaba hasta los huevos, de verdad. Imaginad cómo estaría que fue una de las pocas veces que trabajé en grupo con los personajes de los que antes hablé. Me daba tanta pena verla así que pensaba que haciendo algún convenio con los morenos iba a ayudarla, que un poco de agua salada no le iba a ir mal. Después de unos meses de trabajo en equipo me operaron. La operación fue más bien light, por eso fue tan larga. A los pocos días me tocó aguantar el postoperatorio, y cuando lo terminé fue cuando dejé de entenderla. Sé que le pasa algo extraño, vamos a ver, es como si no me quisiera dejar tomar decisiones por ella como antes. El jefe está que trina porque dice que ahora todo el trabajo se lo lleva él, pero vamos, que yo también estoy hecho un lío, a ver que se cree. El otro día, por ejemplo, me hizo cabrearme porque los morenos la habían obligado a ver una bandolera que no le gustó nada y estuve corriendo como media hora. ¿Alguien lo entiende? Yo no, y me preocupa. Tengo que investigar por qué ya no me deja participar en algunos asuntos y me pone a mil por hora en otros. No puede ser que me degrade de esta forma cuando antes siempre era el primero al que le pedía opinión. Los corazones somos unos incomprendidos. Le proporcionamos a la gente el ritmo necesario para que vivan y luego se empeñan en darle el papel protagonista a la razón. Pues yo ya estoy harto. Silvia, o me haces otro cásting o te jodo viva. No me cabrees que esto va en serio.
P.D: Y deja de escuchar ya el disco del Clapton, anda, que me pone a cien. Benditos descubrimientos hizo Nagano 98.
EL GRAN VIAJE DE " BOLSO DE NIEBLA"
Hace 8 años
1 comentario:
Pero que demonios te fumaste?
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